Cómo aplicar EMDR en casos de ataques de pánico

Los ataques de pánico son una experiencia aterradora. Llegan sin previo aviso, a menudo sin una causa aparente, y paralizan a la persona con una oleada de sensaciones físicas extremas: palpitaciones, sudoración, mareo, falta de aire, desrealización, miedo a morir o volverse loco. Aunque muchas veces se trata con psicofármacos o técnicas de relajación, una parte esencial del tratamiento eficaz es comprender de dónde viene el miedo. Y es ahí donde el enfoque EMDR puede marcar una diferencia crucial.

¿Qué es EMDR y cómo actúa?

EMDR, siglas de Eye Movement Desensitization and Reprocessing (Desensibilización y Reprocesamiento por los Movimientos Oculares), es una terapia desarrollada por Francine Shapiro en los años 80 y avalada hoy por múltiples estudios como eficaz en el tratamiento de trastornos relacionados con el trauma, la ansiedad, el duelo complicado, fobias, y por supuesto, los ataques de pánico.

La idea central de EMDR es que muchas dificultades psicológicas actuales provienen de experiencias pasadas que quedaron mal procesadas en el cerebro. Estas experiencias —que no tienen por qué ser “grandes traumas”— se almacenan de manera disfuncional, atrapadas en redes neuronales junto a sensaciones, pensamientos y emociones negativas. Cada vez que algo en el presente las activa, el cuerpo y la mente reaccionan como si se estuviera reviviendo aquel peligro original.

EMDR facilita el acceso a esas redes, guiando un proceso neuropsicológico natural de integración. Lo hace mediante estimulación bilateral del cerebro (a través de movimientos oculares, sonidos alternos o golpeteo suave en ambas manos), lo que activa el sistema de procesamiento de información del cerebro, favoreciendo la digestión emocional de lo vivido y permitiendo que se reinterprete desde el presente.

Ataques de pánico y trauma: ¿qué hay detrás de la ansiedad súbita?

Uno de los aspectos más desconcertantes del ataque de pánico es su aparente falta de causa. A menudo ocurre en momentos de tranquilidad o en lugares rutinarios: en un tren, en la ducha, en el supermercado. Esto genera una sensación de vulnerabilidad extrema, como si el cuerpo pudiera explotar en cualquier momento sin previo aviso.

Sin embargo, desde una mirada clínica más profunda, estos episodios suelen tener un origen claro, aunque no siempre accesible a la memoria consciente. Y aquí es donde resulta clave distinguir entre:

1. Traumas con T mayúscula

Se refiere a experiencias objetivamente abrumadoras: un accidente grave, un abuso sexual, una agresión violenta, la muerte repentina de un ser querido. Son hechos que amenazan la integridad física o emocional de la persona y que, al no poder ser procesados adecuadamente en el momento en que ocurren, quedan grabados con una alta carga sensorial, emocional y cognitiva.

2. Traumas con t minúscula (eventos estresantes o acumulativos)

Menos evidentes, pero a veces igual de dañinos. Se trata de experiencias que, sin ser “traumáticas” en el sentido clásico, suponen un impacto emocional significativo, especialmente si se repiten o ocurren en etapas tempranas de la vida: negligencia emocional, humillaciones escolares, sentir que no se es visto o valorado, separación de los padres, mudanzas frecuentes, etc.

Estos traumas “menores” no generan recuerdos vívidos, sino que se internalizan como sensaciones, creencias o modos de estar en el mundo: “algo malo puede pasar en cualquier momento”, “no tengo control”, “soy débil”, “no me puedo fiar de nadie”. En muchos casos, los ataques de pánico tienen como raíz esta acumulación de memorias no elaboradas.

La lógica emocional del pánico

Cuando se activa un ataque de pánico, el sistema nervioso simpático se dispara como si estuviera ante un peligro real. El cuerpo se prepara para huir o luchar, incluso si no hay ningún riesgo externo. Lo que ocurre es que el cerebro emocional ha detectado una amenaza, pero no sabe de dónde viene.

En EMDR, se considera que la respuesta de pánico actual puede estar vinculada a una experiencia pasada similar en lo sensorial o emocional, aunque aparentemente no tenga relación lógica. Por ejemplo:

  • Una mujer que sufre pánico al entrar a un ascensor cerrado y sin ventilación puede estar reviviendo inconscientemente el momento en que fue encerrada en un cuarto de niña como castigo.

  • Un hombre que siente que se ahoga al hablar en público podría estar reactivando la sensación de angustia que vivió cuando fue ridiculizado en clase por su tartamudez infantil.

La terapia EMDR permite acceder a esas raíces escondidas y reorganizarlas, para que el sistema nervioso entienda que ese peligro ya no está presente, y que la persona ahora tiene recursos para manejar la situación.

Aplicación clínica: fases del tratamiento con EMDR

El protocolo EMDR consta de ocho fases que se adaptan según el caso. En el tratamiento de ataques de pánico, estas fases se orientan a identificar los disparadores actuales, conectar con sus posibles orígenes y reprocesarlos para desactivar la respuesta de alarma. Veamos cómo se desarrollan:

1. Historia clínica y formulación del caso

Se explora el historial vital, los síntomas actuales, las situaciones que generan malestar, las creencias disfuncionales. Aquí se identifican posibles momentos clave o eventos no resueltos. También se elaboran “mapas de targets” (objetivos terapéuticos) conectando las reacciones actuales con memorias pasadas.

2. Preparación

Se entrena al paciente en recursos de autorregulación emocional: imaginar un lugar seguro, trabajar con respiración, ejercicios de enraizamiento, visualizaciones calmantes. Esta fase es esencial para que el paciente pueda sostener la activación emocional durante el reprocesamiento sin desbordarse.

3. Evaluación

Se elige un recuerdo concreto a trabajar (aunque a veces es una sensación o imagen vaga), se define la creencia negativa asociada (“no tengo salida”, “me voy a morir”) y se establece una creencia positiva alternativa (“ahora estoy a salvo”, “puedo manejarlo”). Se mide la perturbación emocional (SUD) y la credibilidad de la creencia positiva (VOC).

4. Desensibilización

Durante esta fase, el paciente se conecta con el recuerdo mientras el terapeuta aplica estimulación bilateral (por ejemplo, guiando los ojos de un lado a otro con los dedos o mediante tapping alterno en las rodillas o las manos). El procesamiento ocurre espontáneamente, a veces con recuerdos encadenados, emociones intensas o imágenes simbólicas. El objetivo es que la perturbación emocional disminuya.

5. Instalación

Una vez que el recuerdo deja de generar ansiedad, se refuerza la creencia positiva alternativa hasta que se sienta plenamente creíble y coherente con la experiencia actual.

6. Exploración corporal

Se guía al paciente a hacer un escaneo corporal para identificar posibles residuos somáticos (tensión en el pecho, opresión en la garganta, etc.) y se procesan si aparecen.

7. Cierre

Se estabiliza al paciente emocionalmente al final de la sesión. Se pueden usar técnicas de vuelta al presente, ejercicios de respiración o recursos de visualización.

8. Reevaluación

En la siguiente sesión se revisa cómo ha cambiado la percepción del recuerdo, si ha emergido nuevo material o si aún queda activación.

Ejemplo clínico: El caso de Marta

Marta, 32 años, acude a terapia por episodios de pánico que la están limitando enormemente. El primero ocurrió en el metro, durante una parada prolongada entre estaciones. Sintió que no podía respirar, que se desmayaría y que moriría allí. Desde entonces, evita el transporte público, lleva agua y tranquilizantes consigo y vive con miedo a un nuevo ataque.

Durante las primeras sesiones, Marta se muestra confundida: “No me pasó nada, fue solo el metro”. Pero al explorar su infancia, surgen varios eventos aparentemente menores:

  • Una situación recurrente de quedarse sola en casa durante horas a los 7 años, con la consigna de “no abras la puerta a nadie”.

  • Una experiencia en la adolescencia donde se desmayó en clase por hipoglucemia, y despertó con todos mirándola.

  • Varios episodios de vergüenza intensa en situaciones sociales por miedo al juicio.

El trabajo terapéutico se centró en el recuerdo del desmayo como diana inicial. Al iniciar la fase de desensibilización con EMDR, Marta conectó con sensaciones de soledad, miedo, ridículo y pérdida de control. El procesamiento fue intenso: aparecieron imágenes, sensaciones corporales y pensamientos automáticos.

A lo largo de cinco sesiones, el recuerdo fue perdiendo carga emocional. Luego se abordaron recuerdos de la infancia relacionados con el miedo a estar sola e indefensa. Paralelamente, se trabajaron recursos de regulación emocional y exposición gradual al metro.

Al final del tratamiento, Marta pudo volver a utilizar el metro con seguridad. Aunque todavía sentía algo de nerviosismo en espacios cerrados, la sensación de amenaza había desaparecido y su confianza personal se había incrementado notablemente.

Ventajas del enfoque EMDR en el tratamiento del pánico

  1. Accede al origen emocional profundo, incluso si no hay recuerdos claros o traumas evidentes.

  2. Integra lo que fue disociado, permitiendo que la persona reinterprete lo vivido desde un yo adulto y seguro.

  3. No requiere verbalizar en exceso: útil para personas que no logran explicar con palabras lo que sienten.

  4. Tiene efectos duraderos, al trabajar sobre la raíz del problema y no solo sobre los síntomas.

Reprocesar el miedo para recuperar el control

El pánico no aparece de la nada. Es una respuesta legítima de nuestro sistema nervioso ante una percepción interna de peligro, muchas veces enraizada en experiencias pasadas no integradas. El EMDR ofrece una vía compasiva y efectiva para volver al origen, dar sentido a lo vivido y liberar al cuerpo de esa alerta constante.

A través del procesamiento dirigido, las personas pueden reconectar con sus recursos internos, resignificar sus experiencias y recuperar el control sobre su vida cotidiana. Ya no se trata solo de evitar el pánico, sino de sanar las heridas invisibles que lo alimentan.

Autor: Psicólogo Ignacio Calvo

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