¿Alguna vez has pasado demasiado tiempo eligiendo qué ropa ponerte, qué pedir en un restaurante o cómo responder a un mensaje? ¿Te ocurre que, incluso después de haber tomado una decisión, sigues pensando si habrías hecho mejor escogiendo otra opción?

Para algunas personas, decidir algo aparentemente sencillo puede convertirse en un proceso agotador. Analizan posibilidades, anticipan consecuencias, consultan con otras personas y buscan argumentos que les permitan estar completamente seguras de que están eligiendo correctamente.

Lo curioso es que muchas de estas personas son responsables, reflexivas y perfectamente capaces de resolver problemas complejos. Sin embargo, cuando tienen que elegir por sí mismas, aparecen las dudas.

La dificultad para tomar decisiones simples no siempre tiene que ver con la falta de capacidad. A menudo está relacionada con una baja confianza en el propio criterio y una necesidad excesiva de controlar las consecuencias.

Desde la psicología podemos comprender cómo se desarrolla este patrón y, sobre todo, cómo modificarlo. Una parte importante del proceso consiste en aprender a utilizar una capacidad que a menudo queda eclipsada por el análisis constante: la intuición.

¿Por qué me cuesta tanto tomar decisiones sencillas?

Tomar decisiones implica elegir entre varias alternativas sin conocer completamente sus consecuencias. Incluso cuando tenemos suficiente información, siempre existe cierto margen de incertidumbre.

Para algunas personas, esa incertidumbre resulta tolerable. Eligen una opción razonable y continúan con su actividad. Para otras, la posibilidad de equivocarse desencadena un proceso de preocupación que dificulta cerrar la decisión.

Imaginemos una situación cotidiana: tienes que elegir un restaurante para cenar con unos amigos.

Podrías seleccionar uno que tenga buenas valoraciones, encaje con el presupuesto y resulte cómodo para todos. Sin embargo, empiezas a preguntarte:

  • ¿Y si la comida no está buena?
  • ¿Y si a alguien no le gusta?
  • ¿Y si existe otro restaurante mejor?
  • ¿Y si después se arrepienten de haber seguido mi recomendación?
  • ¿Y si debería comparar algunas opciones más?

Lo que inicialmente era una elección sencilla termina convirtiéndose en una fuente de tensión.

El problema ya no consiste en encontrar un restaurante adecuado, sino en intentar eliminar cualquier posibilidad de error, desaprobación o arrepentimiento.

Cuando necesitamos estar completamente seguros antes de decidir, incluso las elecciones más pequeñas pueden convertirse en situaciones emocionalmente exigentes.

La falta de autoconfianza: cuando no te fías de tu propio criterio

La autoconfianza no significa pensar que siempre acertaremos. Significa reconocer que tenemos recursos para evaluar situaciones, tomar decisiones y afrontar sus consecuencias, incluso cuando no obtenemos el resultado esperado.

Una persona con una confianza suficiente en sí misma puede equivocarse sin interpretar necesariamente el error como una demostración de incapacidad.

En cambio, cuando existe una autoconfianza frágil, las decisiones pueden vivirse como una evaluación constante de la propia valía.

No se trata simplemente de preguntarse qué opción resulta más conveniente, sino de algo más profundo: ¿seré capaz de elegir bien?, ¿qué dice de mí que me equivoque?, ¿puedo confiar realmente en mi juicio?

El miedo a equivocarse

Algunas personas han desarrollado una relación especialmente difícil con los errores. Los interpretan como fracasos personales, señales de incompetencia o motivos para recibir críticas.

En estos casos, equivocarse deja de ser una posibilidad normal del aprendizaje y pasa a convertirse en algo que debe evitarse a toda costa.

La consecuencia es una búsqueda permanente de garantías.

Sin embargo, la autoconfianza no se construye evitando todos los errores, sino comprobando que podemos aprender de ellos y responder a situaciones imperfectas.

Necesitar que otras personas validen nuestras elecciones

Otra manifestación frecuente de inseguridad consiste en consultar constantemente con familiares, amigos o compañeros antes de decidir.

Pedir consejo es una conducta saludable cuando necesitamos información o una perspectiva diferente. El problema aparece cuando utilizamos la opinión de los demás como sustituto permanente de nuestro propio criterio.

Por ejemplo, alguien puede preguntar qué ropa le queda mejor, recibir una respuesta y, aun así, necesitar consultar con otras tres personas.

La tranquilidad que obtiene suele ser temporal. La siguiente decisión vuelve a despertar las mismas dudas.

Este patrón puede mantener la inseguridad porque la persona dispone de pocas oportunidades para experimentar que puede elegir de manera autónoma.

El exceso de control: intentar decidir sin asumir ningún riesgo

El control es una capacidad psicológica útil. Nos permite planificar, anticipar dificultades, organizar recursos y reducir riesgos.

Pero existe una diferencia importante entre utilizar el control como herramienta y necesitar controlarlo todo para sentirse seguro.

Cuando predomina la segunda situación, cualquier decisión puede desencadenar una búsqueda interminable de información.

La persona compara opciones, consulta opiniones, revisa sus argumentos y vuelve a considerar alternativas que ya había descartado.

Paradójicamente, cuanto más intenta asegurarse de que está eligiendo correctamente, más posibilidades encuentra para dudar.

La ilusión de que existe una decisión perfecta

Muchas decisiones cotidianas no tienen una única respuesta correcta.

Elegir una película, organizar un fin de semana o decidir qué actividad realizar en el tiempo libre implica preferencias personales, circunstancias cambiantes y alternativas que pueden resultar igualmente satisfactorias.

Sin embargo, cuando predomina el perfeccionismo, dejamos de buscar una opción adecuada para intentar encontrar la mejor de todas las opciones posibles.

La investigación de Schwartz y colaboradores (2002) sobre los estilos de decisión encontró que las personas más orientadas a maximizar sus elecciones tendían a experimentar mayor arrepentimiento y menor satisfacción con algunas de sus decisiones.

Esto nos recuerda algo importante: una buena decisión no tiene que ser necesariamente la mejor decisión imaginable.

En muchos momentos de la vida, elegir algo suficientemente bueno resulta más adaptativo que continuar buscando una perfección imposible de garantizar.

La intolerancia a la incertidumbre

En ocasiones, lo que más nos cuesta no es decidir, sino aceptar que nunca podremos saber con absoluta certeza si hemos elegido la mejor opción.

La intolerancia a la incertidumbre constituye un proceso psicológico relevante en diferentes problemas de ansiedad. Carleton (2016) analizó precisamente la importancia del miedo a lo desconocido en la experiencia ansiosa.

Cuando la incertidumbre se vive como una amenaza, podemos intentar reducirla mediante comprobaciones, anticipaciones y análisis repetitivos.

Pero muchas veces estas estrategias no resuelven las dudas: simplemente las mantienen activas.

Si te reconoces en esta dificultad, puedes ampliar información en nuestro artículo sobre cómo entrenar la tolerancia a la incertidumbre.

Cuando pensar demasiado deja de ayudarte a decidir

Reflexionar antes de actuar es útil. Nos permite considerar alternativas y valorar consecuencias. Pero no todo pensamiento conduce a una mayor claridad.

Existe una diferencia entre analizar una decisión y quedar atrapado en un proceso de análisis repetitivo.

El análisis productivo incorpora información nueva, identifica criterios relevantes y facilita una elección. El análisis improductivo vuelve una y otra vez sobre las mismas posibilidades sin llegar a una conclusión.

Esta segunda situación suele ir acompañada de:

  • Dificultad para cerrar una decisión, aunque ya exista información suficiente.
  • Revisión constante de las alternativas descartadas.
  • Necesidad de consultar repetidamente con otras personas.
  • Miedo a arrepentirse después.
  • Deseo de sentir una seguridad absoluta antes de actuar.
  • Cansancio mental ante elecciones aparentemente insignificantes.

El resultado puede ser una especie de parálisis por análisis: cuanto más intentamos pensar para eliminar las dudas, más difícil resulta decidir.

En estas circunstancias, quizá no necesitemos seguir pensando. Puede que necesitemos aprender a relacionarnos de otra manera con la incertidumbre y recuperar la confianza en nuestra propia experiencia.

La intuición: una función mental que puede ayudarnos a decidir

Habitualmente asociamos la toma de decisiones con el razonamiento consciente: comparar posibilidades, elaborar argumentos y anticipar consecuencias.

Pero nuestra mente dispone también de formas de procesamiento más rápidas, automáticas e implícitas, que solemos agrupar bajo el concepto de intuición.

La intuición no es una capacidad sobrenatural ni una forma infalible de conocimiento. Puede entenderse como un proceso mediante el cual integramos experiencias anteriores, aprendizajes, emociones, preferencias y patrones reconocidos sin necesidad de analizarlos conscientemente paso a paso.

Por ejemplo, podemos sentir que preferimos una determinada actividad antes de haber elaborado una lista de argumentos para justificar nuestra elección.

O podemos reconocer que una propuesta no nos convence, aunque inicialmente nos cueste explicar por qué.

La intuición puede proporcionar información útil sobre nuestras preferencias y experiencias, pero necesita integrarse con la reflexión y la realidad de cada situación.

La intuición no es lo contrario de la razón

Un error frecuente consiste en considerar que debemos elegir entre ser racionales o dejarnos llevar por la intuición.

En realidad, ambos procesos pueden complementarse.

La razón permite examinar información, valorar riesgos y contrastar argumentos. La intuición puede ayudarnos a reconocer preferencias, identificar patrones familiares y captar aspectos de la experiencia que todavía no hemos formulado verbalmente.

Los psicólogos Daniel Kahneman y Gary Klein (2009) señalaron que la fiabilidad de los juicios intuitivos depende, entre otros factores, de la regularidad del entorno y de las oportunidades de aprendizaje que haya tenido la persona.

Por tanto, una intuición basada en experiencia relevante puede ser valiosa, mientras que una impresión rápida en un contexto desconocido puede resultar poco fiable.

En Ícaro hemos desarrollado este tema en profundidad en el artículo qué es la intuición y cómo aprender a confiar en ella.

¿Por qué dejamos de escuchar nuestra intuición?

Cuando una persona desconfía de sus propias decisiones, puede aprender a dar prioridad casi exclusiva al análisis, las normas externas o las opiniones de los demás.

En ocasiones, este patrón se desarrolla en contextos donde equivocarse recibía críticas desproporcionadas, donde las preferencias personales apenas eran consideradas o donde había una elevada exigencia de hacer siempre lo correcto.

También puede aparecer después de experiencias difíciles que hayan debilitado la confianza personal.

En estas circunstancias, la persona puede dejar de preguntarse:

¿Qué prefiero yo?

Y sustituir esa pregunta por otras:

  • ¿Qué debería elegir?
  • ¿Qué opción parecerá más razonable?
  • ¿Qué elegiría otra persona?
  • ¿Cómo puedo evitar cualquier crítica?
  • ¿Qué alternativa me garantiza que no voy a arrepentirme?

De esta manera, las propias preferencias quedan relegadas a un segundo plano.

La persona puede llegar a conocer muy bien lo que esperan los demás y, al mismo tiempo, tener dificultades para identificar lo que realmente desea.

Cómo distinguir la intuición de la ansiedad

Este punto es especialmente importante.

No todas las sensaciones internas constituyen intuiciones fiables. La ansiedad también genera impresiones inmediatas, urgencia, sensaciones corporales y predicciones que pueden parecer convincentes.

Por ejemplo, una persona puede experimentar un intenso malestar ante una conversación pendiente e interpretar ese malestar como una señal de que no debería mantenerla.

Sin embargo, quizá la conversación resulte necesaria y esté evitando afrontarla por miedo al conflicto.

Del mismo modo, sentir tranquilidad ante una alternativa no garantiza que sea la más conveniente. A veces la tranquilidad procede simplemente de haber evitado una situación incómoda.

Por eso conviene diferenciar entre escuchar una señal interna y obedecer automáticamente cualquier emoción o impulso.

Una pregunta útil es: ¿esta impresión expresa una preferencia o un aprendizaje relevante, o está principalmente relacionada con mi deseo de escapar del malestar?

La intuición puede aportar información. La ansiedad también. Ninguna de las dos debería convertirse por sí sola en una orden incuestionable.

Cómo aprender a tomar decisiones con más confianza

Superar la indecisión no consiste en obligarnos a actuar precipitadamente. Consiste en desarrollar una relación más flexible con nuestros pensamientos, emociones y elecciones.

1. Empieza por decisiones pequeñas y reversibles

La confianza personal se desarrolla mediante experiencias concretas.

Puedes comenzar eligiendo pequeñas cuestiones cotidianas sin dedicarles demasiado tiempo: qué desayunar, qué película ver, qué recorrido hacer durante un paseo o dónde tomar un café.

No necesitas encontrar la alternativa perfecta.

El objetivo es experimentar que puedes tomar una decisión razonable y continuar con tu actividad sin revisar indefinidamente las opciones descartadas.

2. Pregúntate qué prefieres antes de buscar argumentos

Antes de comparar todas las alternativas, dedica unos instantes a reconocer tu primera preferencia.

Por ejemplo, si tienes dos planes para el fin de semana, pregúntate:

Si no tuviera que justificar mi elección ante nadie, ¿cuál me apetecería más?

No significa que debas elegir automáticamente esa opción. Quizá existan limitaciones económicas, compromisos o circunstancias que debas considerar.

Pero prestar atención a tu preferencia inicial permite recuperar una información que el exceso de análisis a menudo deja fuera.

3. Practica una pausa consciente

Cuando estamos preocupados por equivocarnos, podemos dedicar tanto esfuerzo a analizar una decisión que dejamos de percibir nuestras propias necesidades.

Una breve pausa de mindfulness puede ayudarnos a observar lo que estamos experimentando sin intentar modificarlo inmediatamente.

Durante unos instantes, puedes dirigir la atención a la respiración, reconocer las sensaciones corporales y observar los pensamientos que aparecen.

Después, pregúntate:

  • ¿Qué estoy sintiendo ante esta decisión?
  • ¿Qué opción se ajusta mejor a mis necesidades?
  • ¿Estoy buscando algo que deseo o intentando evitar una crítica?
  • ¿Qué importancia real tiene esta elección?

Esta práctica no pretende generar una señal corporal infalible, sino facilitar una relación más consciente con la experiencia interna.

4. Establece un límite al análisis

No todas las decisiones requieren el mismo tiempo de reflexión.

Para elecciones sencillas y de consecuencias limitadas, puedes establecer un intervalo breve de decisión. Por ejemplo, dedicar uno o dos minutos a elegir entre alternativas razonables.

Cuando termine ese intervalo, toma una decisión y continúa con tu actividad.

Para decisiones importantes será necesario disponer de más tiempo, contrastar información y valorar las consecuencias.

La clave es aprender a ajustar el esfuerzo mental a la importancia real de la situación.

5. Acepta que decidir implica renunciar

Elegir una alternativa significa, habitualmente, dejar otras sin realizar.

Y esa renuncia puede generar cierta incomodidad.

Quizá el restaurante descartado también habría sido agradable. Tal vez otra película te hubiera gustado más. Es posible que otro plan hubiera resultado igualmente satisfactorio.

Pero eso no significa que hayas tomado una mala decisión.

Aprender a decidir implica aceptar que no podemos vivir simultáneamente todas las posibilidades.

La satisfacción no depende exclusivamente de haber elegido la mejor alternativa, sino también de nuestra capacidad para comprometernos con la opción seleccionada.

6. Reduce la búsqueda innecesaria de aprobación

Cuando una decisión depende fundamentalmente de tus preferencias, prueba a tomarla sin solicitar múltiples opiniones.

Es posible que inicialmente experimentes inseguridad.

En lugar de interpretar esa incomodidad como una señal de que necesitas más ayuda, observa si puedes continuar con tu elección.

Con el tiempo, estas experiencias pueden contribuir a desarrollar una mayor autonomía.

7. No revises constantemente lo que ya has decidido

Algunas personas consiguen tomar una decisión, pero después permanecen atrapadas en el arrepentimiento anticipado.

Revisan mentalmente las opciones, buscan información adicional y se preguntan una y otra vez si deberían cambiar de opinión.

Cuando la elección ya está realizada y no existen datos nuevos relevantes, continuar analizando puede mantener la ansiedad sin aportar una mejora real.

Practicar el cierre de pequeñas decisiones resulta tan importante como aprender a tomarlas.

8. Aprende a confiar en tu capacidad de adaptación

Una de las transformaciones psicológicas más importantes consiste en cambiar la pregunta:

¿Cómo puedo asegurarme de que nada salga mal?

Por otra diferente:

¿Qué recursos tengo para responder si las cosas no salen exactamente como espero?

La primera pregunta intenta eliminar la incertidumbre. La segunda reconoce nuestra capacidad de adaptación.

La confianza personal no requiere creer que siempre acertaremos. Requiere saber que podemos aprender, rectificar, pedir ayuda y afrontar dificultades.

Un ejercicio práctico: utilizar la intuición sin dejar de pensar

Te propongo un ejercicio para situaciones cotidianas de poca importancia, donde las alternativas sean razonablemente seguras y reversibles.

  1. Identifica dos opciones. Por ejemplo, elegir entre dos actividades que te gustaría realizar.
  2. Reconoce tu primera preferencia. Pregúntate cuál te atrae más antes de comenzar a justificarla.
  3. Observa qué aparece. Puede surgir interés, rechazo, indiferencia, miedo o una mezcla de sensaciones.
  4. Comprueba los aspectos prácticos. Valora si existen razones relevantes para no elegir esa alternativa.
  5. Decide sin exigir certeza absoluta. Si ambas opciones son adecuadas, permite que tu preferencia tenga peso.
  6. Evita reabrir la decisión innecesariamente. Continúa con la actividad, aunque aparezca alguna duda.
  7. Reflexiona después. No te preguntes únicamente si acertaste, sino si pudiste decidir de forma más autónoma y flexible.

El objetivo no es entrenar una intuición que siempre tenga razón. Es aprender a reconocer las preferencias personales, utilizarlas junto con la información disponible y tolerar la incertidumbre inevitable de cualquier elección.

¿Y si me equivoco? Aprender a decidir sin garantías

Una de las ideas centrales de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) es que no necesitamos eliminar todos los pensamientos o emociones desagradables para actuar de manera coherente con nuestros valores.

Aplicado a las decisiones, esto significa que podemos elegir aun cuando aparezcan dudas, inseguridad o temor a equivocarnos.

Imaginemos que deseas comenzar una actividad nueva, pero llevas semanas valorando si es el momento adecuado.

Puede que te preguntes si tendrás suficiente tiempo, si te gustará o si más adelante encontrarás una alternativa mejor.

Es razonable considerar estas cuestiones. Sin embargo, si necesitas responderlas con absoluta certeza, probablemente nunca encuentres el momento perfecto.

La alternativa consiste en evaluar los aspectos relevantes, reconocer qué es importante para ti y dar un paso proporcionado a la situación.

La seguridad psicológica no tiene por qué proceder de saber exactamente qué ocurrirá, sino de confiar en nuestra capacidad para afrontar lo que ocurra.

Cuándo la dificultad para tomar decisiones puede indicar un problema psicológico

Todos podemos atravesar momentos de indecisión, especialmente cuando estamos cansados, estresados o tenemos demasiadas responsabilidades.

Pero conviene prestar atención cuando la dificultad para decidir se vuelve frecuente y empieza a interferir en la vida cotidiana.

Algunas señales son:

  • Dedicar demasiado tiempo a elecciones poco importantes.
  • Experimentar ansiedad intensa ante la posibilidad de equivocarse.
  • Evitar responsabilidades por miedo a tomar una decisión incorrecta.
  • Depender constantemente de la aprobación de otras personas.
  • Sentir culpa o arrepentimiento repetitivo después de elegir.
  • Posponer actividades importantes porque nunca se alcanza suficiente seguridad.
  • Experimentar agotamiento mental por analizar continuamente las mismas opciones.

Estas dificultades pueden aparecer asociadas a problemas de ansiedad, perfeccionismo, baja autoestima o patrones de comprobación. También pueden relacionarse con otros factores, como síntomas depresivos, dificultades ejecutivas o situaciones de elevada sobrecarga.

Por eso, la indecisión persistente no debe interpretarse automáticamente como una falta de autoconfianza. Es importante comprender qué procesos concretos están interviniendo en cada persona.

Cómo trabajamos la inseguridad y el exceso de control en terapia psicológica

Cuando la dificultad para tomar decisiones genera sufrimiento o limita la autonomía, la psicoterapia puede ayudar a identificar y modificar los procesos que mantienen el problema.

En Ícaro Psicología realizamos una evaluación individualizada para comprender qué está ocurriendo y seleccionar las estrategias de intervención más adecuadas.

Dependiendo del caso, el trabajo terapéutico puede incluir:

  • Identificación de creencias relacionadas con el error: revisar la necesidad de acertar siempre y las interpretaciones negativas sobre la propia capacidad.
  • Desarrollo de la autoconfianza: favorecer experiencias progresivas de autonomía y toma de decisiones.
  • Reducción del hipercontrol: aprender a distinguir entre la planificación útil y las comprobaciones que mantienen la inseguridad.
  • Tolerancia a la incertidumbre: desarrollar la capacidad de actuar sin disponer de garantías absolutas.
  • Mindfulness: mejorar la conciencia de pensamientos, emociones y sensaciones corporales sin responder automáticamente a ellos.
  • Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT): favorecer decisiones orientadas a valores personales, incluso cuando aparecen dudas o malestar.
  • Trabajo con las preferencias y necesidades personales: reconocer el propio criterio y diferenciarlo de las expectativas externas.

El propósito no es conseguir que una persona nunca dude, ni convertirla en alguien impulsivo.

Se trata de recuperar una forma de decidir más libre, flexible y ajustada a las circunstancias, en la que la reflexión y la intuición puedan complementarse sin quedar dominadas por el miedo.

Preguntas frecuentes sobre la dificultad para tomar decisiones

¿Por qué no puedo decidir ni las cosas más simples?

Puede deberse a una combinación de inseguridad personal, perfeccionismo, miedo al error, necesidad de aprobación o intolerancia a la incertidumbre. En ocasiones también influyen el cansancio, la sobrecarga mental y otros problemas psicológicos. Lo importante es identificar qué mantiene la dificultad en tu caso.

¿La indecisión es un síntoma de ansiedad?

Puede serlo, especialmente cuando las decisiones despiertan preocupación excesiva, anticipación de consecuencias negativas o necesidad de obtener garantías. Sin embargo, la indecisión por sí sola no permite diagnosticar un trastorno de ansiedad.

¿Cómo puedo confiar más en mis decisiones?

Puede ayudar comenzar con elecciones pequeñas, reducir la búsqueda de aprobación, aceptar la posibilidad de equivocarse y evitar revisar indefinidamente lo decidido. La confianza suele desarrollarse mediante experiencias de autonomía, no esperando a sentirse completamente seguro antes de actuar.

¿Es bueno dejarse llevar por la intuición?

La intuición puede ser útil para reconocer preferencias y patrones aprendidos, especialmente en situaciones familiares y de bajo riesgo. No obstante, también puede verse influida por prejuicios, ansiedad o experiencias previas. Conviene combinarla con una valoración racional proporcionada a la importancia de la decisión.

¿Qué hago si me arrepiento después de decidir?

Primero conviene distinguir si existe información nueva que justifique reconsiderar la decisión o si estás repitiendo mentalmente posibilidades que ya habías valorado. Cuando se trata de una duda repetitiva sin información nueva, practicar el cierre de la elección puede resultar más útil que continuar analizando.

¿Se puede tratar la dificultad para tomar decisiones en terapia?

Sí. La psicoterapia puede ayudar cuando la indecisión está relacionada con ansiedad, inseguridad, perfeccionismo o excesiva necesidad de control. El tratamiento se adapta a los procesos psicológicos identificados en la evaluación y a las necesidades de cada persona.

Aprender a decidir también significa aprender a confiar en uno mismo

Cuando una persona necesita analizar todas las posibilidades antes de elegir, puede llegar a confundir la reflexión con la seguridad.

Pero pensar más no siempre significa decidir mejor.

A veces, lo que necesitamos no es encontrar nuevos argumentos, sino reconocer que ya disponemos de información suficiente y permitirnos actuar sin garantías absolutas.

La intuición puede formar parte de ese aprendizaje. Nos ayuda a prestar atención a preferencias, experiencias y señales internas que no siempre conseguimos expresar inmediatamente con palabras.

Sin embargo, recuperar la confianza en uno mismo va más allá de aprender a escuchar la intuición. También implica aceptar que podemos equivocarnos, cambiar de opinión cuando existan buenas razones y adaptarnos a circunstancias inesperadas.

Quizá el objetivo no sea aprender a tomar siempre la decisión correcta, sino dejar de necesitar que cada decisión demuestre que somos capaces de acertar.

¿La inseguridad y las dudas están limitando tu vida?

Si sientes que necesitas controlarlo todo, te cuesta confiar en tu criterio o pasas demasiado tiempo analizando decisiones cotidianas, la terapia psicológica puede ayudarte a comprender y modificar estos patrones.

En Ícaro Psicología contamos con un equipo de profesionales que trabajan con problemas de ansiedad, inseguridad personal, perfeccionismo y dificultades emocionales relacionadas con la autoexigencia.

Ofrecemos atención psicológica presencial en Madrid, en nuestros centros de Arganzuela y Chamberí, y terapia online.

Solicita una primera cita en Ícaro Psicología y cuéntanos qué necesitas. Te ayudaremos a encontrar al profesional del equipo más adecuado para tu situación.


Sobre el autor

Ignacio Calvo Rodríguez es psicólogo general sanitario, director de Ícaro Psicología y colegiado M-17.577 en el Colegio Oficial de la Psicología de Madrid.

Cuenta con más de 20 años de experiencia profesional y formación especializada en ansiedad y estrés, Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), mindfulness, EMDR y diferentes enfoques de intervención psicológica.

Su trabajo clínico se centra, entre otros ámbitos, en comprender los procesos que mantienen la ansiedad, la evitación, la hipervigilancia y la necesidad excesiva de control, favoreciendo el desarrollo de una mayor flexibilidad psicológica y autonomía personal.

Referencias bibliográficas

  • Carleton, R. N. (2016). Fear of the unknown: One fear to rule them all? Journal of Anxiety Disorders, 41, 5–21. https://doi.org/10.1016/j.janxdis.2016.03.011
  • Kahneman, D., & Klein, G. (2009). Conditions for intuitive expertise: A failure to disagree. American Psychologist, 64(6), 515–526. https://doi.org/10.1037/a0016755
  • Schwartz, B., Ward, A., Monterosso, J., Lyubomirsky, S., White, K., & Lehman, D. R. (2002). Maximizing versus satisficing: Happiness is a matter of choice. Journal of Personality and Social Psychology, 83(5), 1178–1197. https://doi.org/10.1037/0022-3514.83.5.1178

Este artículo tiene una finalidad informativa y divulgativa. Su contenido no sustituye una evaluación psicológica individualizada.