alerta constante

Sentirse constantemente en alerta significa que la mente y el cuerpo continúan preparados para detectar posibles problemas incluso cuando, objetivamente, el momento actual es seguro. Puede manifestarse como tensión, sobresaltos, dificultad para descansar, anticipación de que algo malo va a ocurrir, necesidad de control o una extraña incapacidad para disfrutar de la tranquilidad.

Una de las experiencias que más desconcierta a algunas personas es precisamente esta: «Ahora todo está bien, pero yo sigo sin poder relajarme». A veces incluso resulta más fácil mantenerse ocupado resolviendo problemas que detenerse y descansar.

Cuando este patrón de alerta se hace persistente puede estar relacionado con ansiedad, estrés mantenido, experiencias difíciles o con un estado de hipervigilancia, en el que nuestra atención permanece especialmente orientada hacia la detección de posibles amenazas.

¿Por qué estoy siempre alerta si no está pasando nada?

Porque nuestro sistema de alarma no responde exclusivamente a lo que está ocurriendo en este instante. También puede reaccionar a lo que anticipamos, recordamos, interpretamos o hemos aprendido previamente.

Imagina a una persona que durante meses ha tenido problemas laborales, familiares o económicos. Cada semana aparecía una dificultad nueva. Se acostumbró a pensar:

  • «¿Qué va a pasar ahora?»
  • «No puedo despistarme».
  • «Tengo que tenerlo todo controlado».
  • «En cuanto me relaje aparecerá otro problema».

Finalmente las circunstancias mejoran. Sin embargo, la forma de responder que resultó útil durante aquella etapa puede continuar funcionando por inercia.

La ausencia de un peligro actual, por tanto, no implica que la activación desaparezca inmediatamente.

¿Cómo se manifiesta vivir en alerta constante?

No todas las personas lo experimentan igual. Algunas notan principalmente la activación corporal; otras describen una mente que nunca termina de desconectar.

En el cuerpo

  • Tensión muscular frecuente.
  • Sobresaltarse fácilmente ante ruidos.
  • Mandíbula o hombros tensos.
  • Respiración acelerada en determinados momentos.
  • Dificultad para dormir profundamente.
  • Cansancio aunque aparentemente se haya descansado.
  • Molestias digestivas durante épocas de mayor activación.

En los pensamientos

  • Anticipar problemas que todavía no han ocurrido.
  • Repasar conversaciones y situaciones.
  • Pensar continuamente en lo siguiente que hay que resolver.
  • Imaginar escenarios negativos para intentar estar preparado.
  • Dificultad para dejar asuntos pendientes.

En el comportamiento

  • Comprobar repetidamente determinadas cosas.
  • Necesitar tenerlo todo organizado.
  • Estar continuamente ocupado.
  • Consultar mensajes o correo de manera compulsiva.
  • Observar las reacciones de otras personas.
  • Evitar situaciones impredecibles.
  • Sentirse incómodo cuando no hay nada que hacer.

Estos comportamientos no son necesariamente problemáticos de forma aislada. Lo importante es valorar su intensidad, frecuencia y cuánto interfieren con el descanso, las relaciones o la calidad de vida.

Ansiedad y estado de alerta constante

La ansiedad implica precisamente la preparación del organismo ante una posible amenaza. Es una respuesta necesaria: necesitamos poder reaccionar cuando existe un peligro.

Sin embargo, cuando el sistema de alarma se activa demasiado fácilmente, podemos empezar a responder a posibilidades como si fueran acontecimientos reales.

Por ejemplo:

«¿Y si mañana ocurre algo?»

El problema todavía no existe, pero nuestro organismo puede comenzar a prepararse para resolverlo.

Si este proceso se repite muchas veces a lo largo del día, aparece una sensación paradójica: no está ocurriendo nada especialmente grave y, sin embargo, sentimos que no podemos bajar la guardia.

En Ícaro explicamos con más detalle estos mecanismos en nuestra sección dedicada al tratamiento psicológico de la ansiedad.

¿Qué diferencia hay entre estar alerta y tener hipervigilancia?

Estar alerta puntualmente es completamente normal. Si escuchamos un ruido extraño de madrugada, conducimos en una situación peligrosa o tenemos que resolver una emergencia, nuestra atención aumenta.

La hipervigilancia o estado de hiperalerta describe un patrón más persistente: la atención permanece orientada hacia posibles amenazas incluso cuando la situación no requiere semejante nivel de vigilancia.

Por tanto, estar alerta es una capacidad adaptativa; vivir permanentemente en alerta puede convertirse en una fuente de sufrimiento y agotamiento.

Estrés crónico: cuando te acostumbras a funcionar bajo presión

Otra explicación frecuente es haber pasado demasiado tiempo sometido a estrés.

Una persona puede pasar meses atendiendo problemas laborales, cuidando a alguien, atravesando dificultades económicas, viviendo conflictos familiares o intentando responder a demasiadas obligaciones simultáneamente.

Durante ese periodo aprende a funcionar con una elevada activación.

Paradójicamente, cuando la situación mejora, puede descubrir que ya no sabe cómo detenerse.

En algunas personas, los síntomas incluso se hacen más evidentes cuando llega finalmente la calma. Explicamos este fenómeno en por qué los efectos del estrés pueden aparecer en tiempos de calma.

¿Por qué me pongo nervioso precisamente cuando intento descansar?

Porque descansar implica reducir muchas de las actividades que mantenían ocupada nuestra atención.

Durante el día podemos estar trabajando, contestando mensajes, resolviendo problemas o cuidando de otras personas. Cuando finalmente nos detenemos, aparecen pensamientos, sensaciones corporales o preocupaciones que habían pasado inadvertidas.

Entonces puede producirse un aprendizaje problemático:

  1. Intento descansar.
  2. Empiezo a notar pensamientos o sensaciones incómodas.
  3. Me pongo nervioso.
  4. Vuelvo a hacer algo para distraerme.
  5. Me siento temporalmente mejor.

Después de repetir este ciclo muchas veces, la actividad puede convertirse en una estrategia para no entrar en contacto con el malestar.

Cuando la tranquilidad también genera miedo

Existe otra experiencia especialmente interesante: personas que no solo tienen dificultades para relajarse, sino que sienten cierta desconfianza cuando las cosas empiezan a ir bien.

Pueden aparecer pensamientos como:

  • «Esto no puede durar».
  • «Seguro que ocurre algo».
  • «No quiero hacerme ilusiones».
  • «Cuando todo está demasiado tranquilo me pongo nervioso».

En este caso, la tranquilidad puede haberse asociado paradójicamente con vulnerabilidad: si dejo de anticiparme, temo que el próximo problema me encuentre desprevenido.

Esta experiencia merece diferenciarse del concepto general de hipervigilancia. La desarrollamos específicamente en nuestro artículo sobre por qué algunas personas sienten ansiedad cuando todo empieza a ir bien.

Estado de alerta constante y experiencias traumáticas

En algunas personas existe además una historia de experiencias traumáticas, inseguridad prolongada o acontecimientos en los que el peligro apareció de forma inesperada.

En esos casos, anticiparse puede haber tenido una función protectora.

Si hemos aprendido que las cosas pueden cambiar repentinamente, prestar atención a cualquier indicio de peligro puede producir sensación de control.

Este mecanismo puede aparecer en el trastorno de estrés postraumático (TEPT), aunque es importante señalar que sentirse en alerta no significa automáticamente tener un trauma ni un TEPT.

La historia personal y el resto de síntomas deben valorarse individualmente.

La necesidad de control puede mantener la alerta

Controlar proporciona tranquilidad a corto plazo.

Si estoy preocupado y compruebo algo, quizá me tranquilice.

Si tengo miedo de cometer un error y lo reviso cinco veces, probablemente experimente alivio.

Si temo que alguien esté enfadado conmigo y analizo todos sus mensajes, quizá encuentre alguna señal que momentáneamente me tranquilice.

El problema es que podemos aprender:

«Estoy seguro porque lo he comprobado»

en lugar de:

«Puedo estar seguro aunque no lo compruebe».

De esta manera, algunas estrategias que utilizamos para sentirnos seguros terminan manteniendo la necesidad de vigilancia.

Estar pendiente continuamente del cuerpo

La alerta también puede dirigirse hacia el interior.

Después de una crisis de ansiedad o un ataque de pánico, algunas personas empiezan a comprobar constantemente sus sensaciones:

  • ritmo cardíaco;
  • respiración;
  • mareos;
  • visión;
  • equilibrio;
  • tensión;
  • sensaciones digestivas.

La intención es detectar rápidamente cualquier señal de que la ansiedad está regresando.

Sin embargo, cuanto más observamos una sensación corporal, más fácil es percibir pequeñas variaciones y atribuirles importancia.

Este mecanismo recibe a menudo el nombre de hipervigilancia corporal o interoceptiva y lo desarrollamos específicamente en vivir pendiente de los síntomas: el bucle de la autoobservación.

¿Cómo dejar de vivir en estado de alerta constante?

No existe un interruptor que permita pasar inmediatamente de la alerta a la tranquilidad. De hecho, intentar obligarnos a relajarnos puede convertirse en otra exigencia:

«Tengo que conseguir tranquilizarme».

Y comprobar continuamente si ya estamos tranquilos puede mantener precisamente la atención sobre la ansiedad.

El trabajo suele consistir en modificar progresivamente los procesos que mantienen la alerta.

1. Identificar qué estás intentando prevenir

Más que preguntarnos únicamente «¿por qué estoy nervioso?», puede resultar útil preguntar:

«¿Qué temo que ocurra si dejo de estar pendiente?»

La respuesta puede ser cometer un error, enfermar, sufrir otra crisis de ansiedad, ser rechazado, perder el control o encontrarse desprevenido ante un problema.

2. Detectar las conductas de seguridad

Conviene observar qué hacemos para obtener tranquilidad:

  • comprobar;
  • anticipar;
  • preguntar;
  • revisar;
  • controlar;
  • evitar;
  • mantenernos permanentemente ocupados.

El objetivo no es eliminar indiscriminadamente cualquier precaución, sino distinguir las conductas realmente útiles de aquellas que realizamos fundamentalmente para reducir ansiedad.

3. Recuperar progresivamente la tolerancia a la incertidumbre

No podemos tener certeza absoluta sobre todo lo que ocurrirá.

Aprender a tolerar cierta incertidumbre permite reducir la necesidad de anticipar constantemente cada posible escenario.

4. Cambiar nuestra relación con los pensamientos

Un pensamiento como «puede ocurrir algo malo» es una posibilidad mental, no una predicción.

En terapia pueden utilizarse estrategias procedentes de diferentes modelos, entre ellos la terapia cognitivo-conductual, para identificar interpretaciones de amenaza y modificar los procesos que mantienen la ansiedad.

5. Aprender a dirigir voluntariamente la atención

Prácticas como el mindfulness pueden ayudar a desarrollar una relación diferente con pensamientos, emociones y sensaciones, permitiendo observarlos sin tener que responder automáticamente a cada señal interna.

6. Abordar las experiencias traumáticas cuando sea necesario

Si la alerta está relacionada con experiencias traumáticas, puede ser necesario trabajar específicamente esas experiencias mediante intervenciones psicológicas apropiadas, entre ellas EMDR cuando esté clínicamente indicado.

Lo que observamos en consulta

En consulta, muchas personas que viven en alerta constante han desarrollado una gran capacidad para anticiparse, responsabilizarse y resolver problemas.

Precisamente por eso puede resultarles difícil reconocer el coste de ese funcionamiento.

No necesariamente se sienten «muy ansiosas». Algunas dicen simplemente:

  • «No sé descansar».
  • «Siempre estoy pensando en lo siguiente».
  • «Necesito tener todo controlado».
  • «Me sobresalto por cualquier cosa».
  • «Incluso de vacaciones estoy pendiente del teléfono».
  • «Cuando todo va bien siento que algo malo va a pasar».

Por eso el tratamiento no consiste únicamente en enseñar técnicas de relajación. Es importante comprender qué función cumple permanecer alerta y qué teme la persona que podría suceder si dejara de hacerlo.

¿Cuándo conviene acudir a terapia?

Puede ser recomendable realizar una valoración psicológica cuando el estado de alerta:

  • se mantiene durante semanas o meses;
  • dificulta descansar o dormir;
  • provoca agotamiento;
  • interfiere con el trabajo o las relaciones;
  • genera comprobaciones constantes;
  • lleva a evitar determinadas situaciones;
  • está asociado a ataques de pánico;
  • apareció después de una experiencia traumática;
  • o impide disfrutar incluso cuando las circunstancias son favorables.

La evaluación permite determinar si detrás de la alerta predominan la ansiedad, el estrés crónico, el miedo a las propias sensaciones, experiencias traumáticas u otros procesos.

Preguntas frecuentes sobre vivir en estado de alerta

¿Estar siempre alerta significa tener ansiedad?

No necesariamente, aunque es frecuente que exista relación. También puede aparecer después de periodos prolongados de estrés, experiencias traumáticas o situaciones en las que estar pendiente del entorno tuvo una función protectora. Para comprenderlo es necesario valorar el conjunto de síntomas y la historia de la persona.

¿Por qué siento que algo malo va a pasar aunque todo esté bien?

La anticipación de peligro puede mantenerse aunque las circunstancias actuales sean seguras. Cuando llevamos mucho tiempo preocupándonos o resolviendo dificultades, nuestra atención puede seguir buscando señales de posibles problemas y generar una sensación de amenaza sin que exista un peligro concreto en ese momento.

¿Por qué no consigo relajarme?

Puede ocurrir porque nuestro organismo y nuestra atención se han acostumbrado a funcionar con mucha activación. También porque al detenernos aparecen pensamientos o sensaciones que evitábamos mediante la actividad. En esos casos, intentar forzar la relajación no siempre soluciona el problema de fondo.

¿Qué significa vivir en «modo supervivencia»?

Es una expresión divulgativa utilizada para describir la sensación de funcionar permanentemente preparado para responder a problemas o amenazas. No es un diagnóstico psicológico ni significa que el sistema nervioso haya quedado permanentemente bloqueado. Conviene identificar qué procesos concretos —ansiedad, estrés, trauma, evitación o hipervigilancia— están detrás de esa experiencia.

¿Se puede dejar de vivir en alerta constante?

Sí, en muchos casos puede reducirse significativamente. El tratamiento dependerá de las causas y mecanismos que mantengan la alerta. Puede implicar trabajar la ansiedad, reducir conductas de comprobación y evitación, aumentar la tolerancia a la incertidumbre y, cuando sea necesario, abordar experiencias traumáticas.

De estar preparado para todo a poder volver a descansar

Estar alerta no es el enemigo. Es una capacidad fundamental que nos permite responder cuando realmente necesitamos hacerlo.

El problema aparece cuando la protección deja de ser una respuesta puntual y se convierte en nuestra forma habitual de estar en el mundo.

El objetivo psicológico no consiste en no volver a sentir ansiedad ni en permanecer continuamente relajado. Consiste en recuperar flexibilidad: poder activarnos cuando existe una dificultad y permitirnos descansar cuando ya no necesitamos protegernos.

En Ícaro Psicología trabajamos con personas que presentan problemas de ansiedad, estrés, hipervigilancia y dificultades relacionadas con experiencias traumáticas, adaptando el tratamiento a los procesos y circunstancias de cada persona.

Autor

Ignacio Calvo, psicólogo y director de Ícaro Psicología.

Referencias bibliográficas

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  • National Institute of Mental Health. (s. f.). Trastorno por estrés postraumático. https://www.nimh.nih.gov/health/publications/espanol/trastorno-por-estres-postraumatico
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