Terapia sensoriomotriz aplicada al trauma

Hay traumas que se explican con claridad y, aun así, no se “van”. La persona entiende lo ocurrido, lo ha contado muchas veces, incluso puede hablar de ello con serenidad… pero el cuerpo sigue reaccionando como si el peligro estuviera aquí. Un portazo, una mirada, un olor, un silencio concreto, una sensación interna difícil de nombrar, y de pronto aparece el nudo en el estómago, la garganta cerrada, el pecho apretado o la urgencia de escapar. Esa distancia entre “lo sé” y “lo siento” es uno de los lugares donde la terapia sensoriomotriz (Sensorimotor Psychotherapy) despliega todo su potencial.

La terapia sensoriomotriz aplicada al trauma es un enfoque psicoterapéutico integrador que trabaja con la experiencia corporal (sensaciones, postura, micromovimientos, impulsos de acción) para procesar memorias traumáticas, reorganizar patrones de defensa aprendidos y ampliar la ventana de tolerancia del sistema nervioso. En términos sencillos: ayuda a que el cuerpo deje de vivir en modo alarma, y a que la mente pueda habitar la vida con más seguridad, presencia y libertad.

Qué es la terapia sensoriomotriz (y por qué es especialmente útil en trauma)

La terapia sensoriomotriz parte de una premisa clínica muy concreta: el trauma no es solo un recuerdo; es, sobre todo, una respuesta del sistema nervioso que quedó “atascada” en el cuerpo. Cuando la amenaza supera la capacidad de afrontamiento, nuestro organismo despliega estrategias automáticas de supervivencia: lucha, huida, congelación, colapso, sumisión, agradar, vigilar, desconectar. Son respuestas inteligentes a corto plazo, pero si se cronifican se convierten en síntomas: hipervigilancia, ansiedad, disociación, reactividad, bloqueos emocionales, dificultades de apego, problemas de autoestima y un cansancio vital que no se arregla durmiendo.

A diferencia de un enfoque puramente “de arriba abajo” (top-down), centrado en pensamiento, narración y significado, la terapia sensoriomotriz incorpora un trabajo “de abajo arriba” (bottom-up): empieza por lo que sucede en el cuerpo aquí y ahora, y desde ahí construye regulación, integración y sentido. Esto no reemplaza el diálogo terapéutico: lo vuelve más preciso, porque ya no hablamos “sobre” lo que ocurrió, sino “desde” lo que se activa y puede procesarse con seguridad.

En Ícaro Psicología abordamos el trauma desde una mirada integradora. Si quieres una introducción general a la terapia sensoriomotriz, puedes leer también: Qué es la terapia sensoriomotriz.

Cuando el trauma se queda en el cuerpo: señales frecuentes

No todo el mundo nombra su historia como “trauma”. A veces aparece como ansiedad, como pánico, como problemas de pareja, como dificultad para confiar, como una necesidad constante de control o como una sensación de vacío que no encaja con la vida “objetivamente” buena que se tiene. La terapia sensoriomotriz suele ser especialmente útil cuando observamos señales como:

  • Hiperactivación: tensión muscular persistente, irritabilidad, problemas de sueño, sobresaltos, hipervigilancia.
  • Hipoactivación: fatiga, apatía, desconexión emocional, sensación de ir “en piloto automático”, niebla mental.
  • Disociación: sentirse fuera del cuerpo, “como si no fuera real”, lagunas, desconexión ante emociones intensas.
  • Impulsos automáticos: necesidad de agradar, de justificar, de evitar conflicto, de huir de sensaciones internas.
  • Reactividad relacional: miedo al abandono, al rechazo, explosiones o cierres repentinos, dificultad para pedir.
  • Somatización: síntomas físicos sin causa médica clara, o agravados por estrés (dolor, digestivo, tensión).

En trauma complejo, estas señales pueden ser más difusas y estar entrelazadas con la historia de apego. Si te resuena este tema, puede interesarte: Trauma complejo en la infancia: señales y enfoque terapéutico.

Fundamentos: sistema nervioso, defensa y “ventana de tolerancia”

Para entender la lógica de la terapia sensoriomotriz conviene mirar el trauma como una cuestión de regulación. Cuando estamos dentro de nuestra ventana de tolerancia, podemos sentir emociones intensas sin perdernos en ellas: hay activación, pero también capacidad de pensar, elegir y volver a la calma. En trauma, esa ventana suele estrecharse.

En hiperactivación, el cuerpo interpreta el mundo como peligro: se prepara para actuar. En hipoactivación, el sistema se protege desconectando: es una forma de supervivencia cuando luchar o huir no es posible. Ambas respuestas tienen un componente corporal: respiración, tono muscular, postura, ritmo cardíaco, mirada, voz, movimiento. La terapia sensoriomotriz trabaja con esas variables de forma cuidadosa y graduada para devolverle al organismo la experiencia de “puedo estar aquí y estoy a salvo”.

Esta perspectiva conecta con enfoques corporales y somáticos presentes en distintos artículos de Ícaro. Por ejemplo, si te interesa cómo el cuerpo influye en decisiones y emoción: La teoría del marcador somático: emociones, decisiones y aplicaciones clínicas. Y si quieres una visión amplia de terapia somática integrada: Sistemas psicobiológicos de acción.

Qué aborda exactamente la terapia sensoriomotriz en trauma

Aunque cada proceso es único, la terapia sensoriomotriz aplicada al trauma suele centrarse en cinco objetivos clínicos:

  1. Estabilización y recursos: ampliar la capacidad de regulación, crear sensación de seguridad interna y externa, entrenar anclajes somáticos.
  2. Procesamiento de memorias implícitas: trabajar con sensaciones y acciones incompletas (por ejemplo, “quise apartarme y no pude”) sin necesidad de reactivar la historia de forma abrumadora.
  3. Reorganización de respuestas defensivas: completar, con microacciones seguras, aquello que el cuerpo intentó hacer (poner límites, alejarse, protegerse) y quedó bloqueado.
  4. Integración emocional y cognitiva: construir significado sin desconectar del cuerpo, y sostener el cuerpo sin perder la perspectiva mental.
  5. Trabajo relacional: reparar patrones de apego (hiperresponsabilidad, evitación, sumisión, control, miedo al vínculo).

Cómo es una sesión: el “tracking” corporal y el ritmo terapéutico

Mucha gente imagina que una terapia corporal consiste en “hacer ejercicios” o en tocar el cuerpo. En la terapia sensoriomotriz no es así. La herramienta principal es la atención fina y guiada a la experiencia presente: observar con curiosidad (y sin juicio) qué pasa en el cuerpo cuando aparece un tema, una emoción o una interacción terapéutica.

A este proceso se le suele llamar tracking: seguimiento minucioso de sensaciones (calor, presión, hormigueo, vacío), de impulsos (moverse, encogerse, empujar), de postura (pecho hundido, hombros elevados, mandíbula apretada), de respiración y de cambios sutiles en la activación. El terapeuta ayuda a ir despacio, a dosificar, a “tocar” la experiencia sin inundarse. En trauma, el ritmo no es un detalle: es parte del tratamiento.

En paralelo, se construyen recursos somáticos: formas concretas de volver al presente. En Ícaro solemos combinar esto con prácticas de atención plena cuando está indicado. Si quieres ampliar: Mindfulness en Ícaro Psicología y Regulación emocional a través del mindfulness.

Fases del trabajo sensoriomotriz en trauma

1) Estabilización: seguridad, orientación y recursos

Antes de procesar trauma, el sistema necesita aprender a autorregularse. Aquí se trabaja la orientación al entorno (mirar, localizar señales de seguridad), la conciencia de límites (sentir el apoyo de la silla, el suelo), la respiración como ancla (sin forzar), y recursos como gestos de protección o posturas que generan mayor sensación de estabilidad.

A veces el recurso más potente es pequeño: bajar ligeramente los hombros, apoyar la espalda, ablandar la mirada. Lo importante es que el cuerpo registre: “cuando hago esto, algo dentro se calma”. Ese registro somático es oro clínico: no depende de creer, depende de experimentar.

2) Procesamiento: memoria implícita, emociones y acciones incompletas

En trauma, la memoria implícita (no verbal) suele llevar la delantera. La terapia sensoriomotriz trabaja con fragmentos: una sensación, una imagen, un impulso, un gesto. No se busca revivir la historia, sino permitir que el organismo complete respuestas defensivas que quedaron interrumpidas.

Por ejemplo: una persona que sufrió una invasión de límites puede descubrir que, al hablar de ello, su cuerpo quiere empujar con las manos. En lugar de inhibir ese impulso o actuarlo de golpe, se explora con microacciones: empujar suavemente contra el aire, contra el brazo de la silla, contra una pared. El cuerpo aprende que hoy sí puede protegerse. Y ese aprendizaje suele reducir síntomas sin necesidad de “convencer” a la mente.

3) Integración: identidad, vínculo y vida cotidiana

En la fase de integración se consolidan cambios: se identifican señales tempranas de activación, se practican límites, se ajustan patrones relacionales, y se construye una narrativa que no sea una prisión (“soy así”) sino un mapa (“me pasa esto cuando mi sistema se activa; ahora tengo recursos y opciones”). La terapia se vuelve más funcional: cómo decir que no, cómo pedir, cómo sostener cercanía sin perderse, cómo tolerar conflicto sin colapsar.

Técnicas frecuentes en terapia sensoriomotriz para trauma

Orientación y anclaje

Orientarse es recordarle al sistema nervioso que el peligro no está aquí. Puede incluir mirar el entorno, nombrar elementos seguros, notar colores, luz, distancia, sonidos. Parece simple, pero para un cuerpo traumatizado es una reeducación: dejar de buscar amenaza de forma automática.

Pendulación y titulación

Son dos ideas clave: alternar entre activación y recurso (pendulación) y trabajar por “dosis pequeñas” (titulación). En trauma, más no es mejor. Lo terapéutico es la capacidad de entrar y salir sin quedar atrapado. Esta es una diferencia decisiva respecto a enfoques que, sin querer, empujan a la persona a contar demasiado pronto.

Trabajo con postura y movimiento

La postura expresa historia. Un cuerpo encogido, una mandíbula fija, un pecho hundido, pueden ser estrategias antiguas para sobrevivir. En terapia se exploran ajustes graduales: ¿qué pasa si la espalda se apoya un 10% más?, ¿qué ocurre si el mentón sube un poco?, ¿qué emoción aparece si las manos dejan de apretar? El objetivo no es “corregir” el cuerpo, sino permitir que se actualice.

Límites somáticos

Muchas personas con trauma no sienten sus límites hasta que ya han cedido demasiado o estallan. En terapia se entrena el límite como experiencia corporal: notar el impulso de alejarse, la tensión que anuncia un “no”, el miedo que aparece al ponerlo, y practicar formas de sostenerlo sin entrar en colapso.

Recursos de autocompasión y sostén interno

El trauma suele traer vergüenza y autocrítica: “debería haberlo evitado”, “soy débil”, “algo en mí está mal”. Trabajar desde el cuerpo permite que la compasión sea experiencia, no solo idea. Si te interesa este enfoque: Mindfulness y autocompasión.

Trauma, pánico y ansiedad: por qué el cuerpo “dispara” sin aviso

En el pánico, muchas veces lo primero que aparece es una sensación corporal (mareo, taquicardia, falta de aire) y luego llega la interpretación (“me va a dar algo”). Desde una lente sensoriomotriz, el foco está en reorganizar la relación con esa activación: ampliar tolerancia, reconocer patrones, reducir la lucha interna y recuperar agencia. Esto no niega el componente cognitivo; lo complementa con algo imprescindible: el cuerpo tiene que aprender que la activación es soportable y transitoria.

Si quieres profundizar en la relación entre trauma y pánico: Trauma y ataques de pánico: ¿cómo se relacionan?.

Trauma complejo, apego y disociación: el trabajo fino

En trauma complejo, el reto no es solo procesar recuerdos, sino sostener el vínculo con uno mismo y con el otro sin activarse de forma extrema. La terapia sensoriomotriz es especialmente valiosa aquí porque trabaja con las capas más automáticas del apego: microseñales de amenaza, reflejos de sumisión o ataque, patrones de desconexión. A veces la persona no recuerda “eventos” claros, pero su cuerpo aprendió un mundo: “si me muestro, me dañan”; “si necesito, molesto”; “si pongo límites, me abandonan”.

El trabajo suele ser muy gradual y respetuoso con la disociación. En lugar de forzar contacto emocional, se crea capacidad para notar señales previas: mirada que se pierde, cuerpo que se enfría, respiración que se corta. Se entrena volver: sentir los pies, orientarse, notar apoyo. La disociación deja de ser un enemigo y se convierte en una señal: “mi sistema está intentando protegerme”.

Integración con EMDR y otros enfoques: cuando 1 + 1 es más que 2

La terapia sensoriomotriz se integra con frecuencia con otros abordajes basados en evidencia, especialmente cuando la clínica lo requiere. Un ejemplo habitual es la combinación con EMDR: la estabilización somática y el trabajo con recursos corporales puede mejorar la tolerancia al procesamiento y reducir bloqueos. A su vez, EMDR puede facilitar reprocesamiento de memorias específicas cuando el sistema está listo.

En Ícaro Psicología contamos con este tipo de abordajes. Si quieres ampliar sobre EMDR: EMDR en Ícaro Psicología, Neurobiología del EMDR y El modelo PAI de EMDR.

También es frecuente integrar sensoriomotriz con mindfulness (para entrenar presencia sin juicio) y con enfoques cognitivo-conductuales cuando hay ansiedad anticipatoria, evitación y hábitos desadaptativos. La clave es no “mezclar por mezclar”: se elige lo que tu sistema nervioso necesita en cada fase.

Casos clínicos ilustrativos

Caso 1: “Entiendo mi historia, pero mi cuerpo no lo sabe”

Marta había trabajado años en terapia la relación con una pareja controladora. Podía explicar con claridad lo ocurrido, pero en su vida actual se bloqueaba cada vez que alguien alzaba la voz, incluso sin agresión. En sesión, al evocar una discusión reciente, notó un hormigueo en brazos y un impulso de empujar. Su patrón habitual era quedarse inmóvil y “hacer como que no pasa nada”. Se trabajó con microacciones seguras de empuje y con postura: apoyar la espalda, sentir fuerza en piernas, ensayar el gesto de “parar” con la mano. A medida que el cuerpo completaba esa defensa, disminuyeron bloqueos y apareció una emoción nueva: tristeza. No la tristeza de víctima, sino la tristeza de duelo: “merecía haber estado protegida”. Ese duelo permitió integrar la historia sin que el cuerpo siguiera viviendo en amenaza.

Caso 2: Trauma médico y activación corporal

Luis desarrolló ansiedad intensa tras una intervención médica invasiva. Los síntomas se disparaban en hospitales, olores de desinfectante o incluso al ver agujas en televisión. En terapia se trabajó orientación y titulación: acercarse a esos estímulos en dosis muy pequeñas, monitorizando activación. Se exploraron impulsos de huida y congelación, y se entrenó un plan somático de protección: postura estable, respiración sin forzar, mirada periférica, y un gesto de “me cuido” colocando la mano en el pecho cuando aparecía el pico. Con el tiempo, se integró EMDR para reprocesar momentos específicos del procedimiento. El objetivo fue que el cuerpo registrara: “eso pasó, pero ya terminó”. Si este tema te interesa: EMDR para el trauma médico.

Caso 3: Trauma complejo, límites y miedo al conflicto

Sara creció en un entorno imprevisible. En la adultez, su patrón era complacer y evitar conflicto, hasta acumular resentimiento y estallar. La terapia sensoriomotriz se centró en aprender el “no” como experiencia corporal: detectar señales tempranas (mandíbula que aprieta, pecho que se hunde), sostener el límite en microdosis (decir “déjame pensarlo” en vez de “sí”), y regular la activación que aparecía al imaginar el rechazo. La integración incluyó prácticas de autocompasión y entrenamiento de presencia para tolerar conversaciones difíciles sin colapsar.

Beneficios esperables (y expectativas realistas)

Cuando la terapia sensoriomotriz está bien indicada y se aplica con un ritmo seguro, muchas personas describen cambios como:

  • Mayor capacidad para notar señales internas antes de desbordarse.
  • Reducción de hipervigilancia, tensión y reactividad.
  • Menos disociación y más sensación de presencia.
  • Mejor sueño y recuperación tras estrés.
  • Más claridad para poner límites y sostener vínculos.
  • Menos vergüenza corporal y más autocompasión encarnada.

Aun así, conviene una expectativa honesta: el trauma no se “borra”, se integra. El objetivo no es no sentir nada, sino sentir con seguridad; no es que el cuerpo nunca se active, sino que sepa volver. En trauma complejo, el trabajo suele ser progresivo y por capas: cada capa trae más libertad.

¿Para quién está indicada (y cuándo conviene prudencia)?

La terapia sensoriomotriz suele ser adecuada para trauma simple, trauma complejo, experiencias de apego, ansiedad con fuerte componente somático, pánico, disociación, somatización y dificultades de regulación emocional. También puede ser útil en psicosomática, donde el cuerpo expresa lo no integrado: Trastornos psicosomáticos.

La prudencia es importante en fases de inestabilidad aguda (consumo activo severo, riesgo suicida sin red, crisis psicótica descompensada). En esos casos se prioriza estabilización y coordinación clínica. Un buen encuadre terapéutico siempre se adapta a la persona, no al revés.

Cómo trabajamos el trauma en Ícaro Psicología

En Ícaro Psicología, el abordaje del trauma se plantea desde una formulación clínica individualizada, integrando herramientas corporales, regulación emocional, trabajo con memoria traumática y, cuando procede, EMDR. El objetivo no es solo aliviar síntomas, sino recuperar agencia: que tu sistema nervioso vuelva a sentir que la vida es habitable.

Si estás valorando iniciar un proceso terapéutico, puedes explorar también contenidos relacionados que suelen formar parte de una intervención completa: El cerebro emocional según Joseph LeDoux y EMDR en el tratamiento de la ansiedad.

Preguntas frecuentes

¿Tengo que contar todos los detalles de lo que me pasó?

No necesariamente. En terapia sensoriomotriz se puede trabajar con fragmentos y con el aquí y ahora corporal, sin entrar en una narración exhaustiva. Cuando se trabaja el trauma con seguridad, a veces la historia aparece; otras veces, el cambio ocurre sin necesidad de “revivir”.

¿Es una terapia “corporal” tipo ejercicios?

No es un entrenamiento físico. Es psicoterapia con foco en el cuerpo: seguimiento de sensaciones, postura, impulsos y regulación. Puede incluir movimientos muy pequeños y cuidadosamente elegidos, siempre al servicio de la integración.

¿Cuánto dura un proceso?

Depende del tipo de trauma, de los recursos actuales, de la red de apoyo y de la estabilidad vital. En trauma complejo suele ser un proceso por fases. Lo importante es que el ritmo sea sostenible y que haya cambios funcionales (sueño, reactividad, vínculo) a medida que avanzas.

Conclusión: sanar el trauma es también aprender a habitar el cuerpo

El trauma tiende a expulsarnos del presente: o nos lleva al pasado (recuerdos, sensaciones, miedo) o nos lanza al futuro (anticipación, control, evitación). La terapia sensoriomotriz devuelve algo esencial: el derecho a estar aquí, en el cuerpo, con opciones. No se trata de “ser fuerte” ni de “superarlo” a base de voluntad. Se trata de reeducar al sistema nervioso con paciencia, precisión y respeto, hasta que la seguridad deje de ser una idea y se convierta en una experiencia.