El asco suele considerarse una emoción desagradable de la que querríamos librarnos cuanto antes. Una comida en mal estado, un olor corporal intenso, una herida, determinados insectos o incluso algunas conductas humanas pueden provocar de forma casi inmediata una expresión de rechazo: apartamos la mirada, cerramos la boca, contenemos la respiración o sentimos el impulso de alejarnos.
Sin embargo, desde un punto de vista psicológico y evolutivo, el asco no es una emoción inútil ni negativa. Al contrario: constituye uno de los sistemas de protección más antiguos de nuestro organismo.
Su función básica consiste en ayudarnos a detectar aquello que podría representar contaminación, enfermedad o daño y movilizarnos para mantener la distancia. El problema aparece cuando este mecanismo de protección deja de ajustarse al peligro real y comienza a activarse ante estímulos inocuos, pensamientos, sensaciones corporales o situaciones que la persona interpreta como contaminantes.
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